Trasnochar, levantarse tarde, comer tarde, deambular por calles que quedan en sombra de forma artificial, degustar helados mientras los pies, casi desnudos, se deslizan por el asfalto abrasador o por la refescante arena que acaba de besar el agua salada. Ver atardeceres desde lugares dispares (campo, playa, miradores mágicos...). Da igual si es aquí o allí, no llevo reloj, tengo que preguntar el día que es (¿lunes o martes?, ¿11 ó 12?), no hay prisa, nadie me espera y yo no espero a nadie. Si apetece bien, si no... no importa. Apenas hablo con nadie. Salgo, entro, paseo, observo, miro, curioseo, pienso... sobre todo esto último. Sola con mis pensamientos, mis razonamientos, mis proyectos, posibilidades, utopías. Abruma saber que tienes todo el tiempo del mundo para hacer lo que se te antoje, como descubrir lugares nuevos en la ciudad eterna.
En el fondo no creo que esto sea bueno. Acostumbras al cuerpo a moverse a su antojo, cada órgano, cada neurona, cada poro, se comporta a su libre albedrío. Qué difícil va a ser volver a entrar en cintura dentro de 50 días. 50 días, qué barbaridad.
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