jueves, 29 de septiembre de 2011

Un poema que te llegue

He querido buscar un poema de esos que llegan al alma. Tenía, además, que ir cargado de mensajes hacia ti. Tenía que decir "te extraño", "te busco en mi silencio, en esa mitad vacía de la cama, bajo el agua caliente que resbala por nuestra piel enjabonada...". El poema tenía que hablar de lo que siento cuando me abarcan tus brazos, cuando me quitas el pelo de la cara, del cuello, y lo besas... Tenía que hablar de los ratos en los que el reloj se olvida, en los que estamos tú y yo, y nos olvidamos del resto del mundo. Pero no lo he encontrado. Quizá ningún poeta sintió nunca por nadie esto que tú me haces sentir. Qué extraño.
Quería hallar ese poema, imprimirlo en un papel bonito, ponerle letras en cursiva, quizá también de color... Pero no lo he encontrado. ¿Y tú? ¿Buscarás algún día un poema que describa lo que sientes por mi? Qué va. Esta sensibilidad mía que me lleva al absurdo no suele padecerla el resto de la gente. Afortunados.

martes, 27 de septiembre de 2011

Qué ironía

La vida te ofrece un sinfín de momentos para que te tragues la lengua y te quedes perplejo, atónito. Después de enterrar banderas que ondeaban en el cielo azul, un paseo azaroso por aquel cementerio olvidado hace que tropieces con un retal insignificante de aquella bandera y ese retal enganchado en tu pie, inoportuno, tira del resto. Caja de Pandora abierta. Recuerdos que vuelven a mis pupilas, a las yemas de mis dedos, a cada poro de mi piel. ¿Cuántos recuerdos puede albergar la memoria? La mía es prodigiosa.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Rebosa el vacío

Hay veces que pierdo la voz, pero lo hago a conciencia, la ahogo. Mi corazón se arruga y el dolor me oprime el pecho entero. Se van desgastando las plumas de esas alas que me animaban a levantar el vuelo. Y ya no puedo volar. Me veo condenada a arrastrarme por el suelo, por los caminos zigzagueantes que tú, desde arriba, con tu dedo omnipotente, señalas. Entre los guijarros que quedan de aquellos castillos que construí de ilusiones imposibles, jirones de mi piel muerta, aquélla de la que rezumaba dicha, pasión, éxtasis.
Ya no puedo alzar el vuelo. Ya olvidé cómo se volaban cometas cargadas de sueños. Beso muros de piedra gélidos que me agrietan los labios, que no me devuelven el abrazo y me empujan contra la realidad impasible que quise construir a base de ilusiones.
A lo lejos, aromas, canciones, recuerdos.

jueves, 22 de septiembre de 2011

A través de los años

Es sumamente gratificante que después de varios años de paréntesis, de ausencia, le pida uno ayuda a alguien y te la brinde al instante, a pesar de ser las 12 y pico de la noche. Y, encima, con amabilidad, cortesía, quitando importancia e interesándose por cómo me trata la vida. Esta ha sido la lección de hoy: hay que cuidar a los amigos, esos que permanecen ahí a pesar de que ni les dediques unas letras en momentos puntuales del año, como Navidad o el día de su santo. Nunca es tarde si la dicha es buena.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Acostumbrarse

Acostumbrarse a dejar las cosas al principio de la mesa y no al final, como hacía antes, cuando la taquilla estaba al otro lado, no al principio, como ahora.
Acostumbrarse a volver a explicarlo todo, desde el principio, porque no saben lo que los demás ya sí sabían, y hay que empezar de cero.
Yo me acostumbro rápidamente a los nuevos hábitos. No me ha costado empezar de nuevo la rutina diaria, madrugar, trabajar, planificar el menú semanal, volver al gimnasio... No me ha costado, la verdad, es más, creo que incluso me hacía falta. Eso sí, no consigo acostumbrarme a las caras nuevas, quizá porque no me hace falta, quizá por pereza, quizá porque ellas no se muestran muy solícitas... o porque con las antiguas me basta.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Acabaré perdiéndote

Sé que te pierdo, soy consciente de que mis manías, mis rarezas me alejan de ti. Acabarás viéndome como un bicho raro que querrás quitarte de encima. Y yo me esfuerzo para ser normal, sentir de forma normal, desear, anhelar, de forma normal, pero no lo logro y me consumo en mi propio vacío. Agarras mi corazón con tu mano derecha y lo aprietas pero, aún así, sigue latiendo para adentro, bombeando hacia adentro. Acabará reventando, digo yo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Qué hago?

¿Qué hago, dime, qué hago con estas ganas insultantes de tenerte? Si no puede ser, si es imposible, por dios, ¿cómo puedo reprimir la pena que me ahoga porque no puedo tenerte aquí y ahora?
El reloj se detiene en seco, mi vida frena en seco, de 2000 a 0, del cielo al infierno, de la absoluta dicha a la más decadente consternación y el más deprimente hastío. No pueden ser buenos estos altibajos, estos cambios bruscos de humor, de ánimo. Me está matando. Debo ocupar mi tiempo, quizá sea el hecho de estar ociosa, de ponerme a escribir, de contemplar cómo va muriendo la tarde y mi vida. De qué me han servido los momentos gratos si ahora sólo sé mirarlos con envidia, si sólo anhelo volver a protagonizarlos, si no me contento con guardarlos en mi recuerdo y rememorar la felicidad que brotaba incesante de mis ojos, de mi garganta y de mi piel. He de aprender tanto…, debo doblegar este absurdo carácter que no hace más que desear y anhelar imposibles, que no se contenta con lo que la vida, grata, me ofrece. Ya no puedo más. Así no. Yo no sirvo para esto, no sé amarte con cuentagotas, no me cabe en la cabeza el hecho de no saber de ti hora tras hora. Tú viviendo tu vida, yo gastando la mía, y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, tu vida se mete en mi vida y caminamos al unísono. Pero eso acontece tan de tarde en tarde…
Rompo, hago trizas, las nubes que cargaban mis sueños. Tú no conoces mi pena, tú hablas sin conocer mi pena, tú pensarás que soy feliz, tú ignoras que me refugio ante la pantalla, en mitad de la noche, que daría mis ojos a cambio de poder tenerte aquí, que me escucharas, que me entendieras (¿existirá utopía mayor?) y secaras la sal que me escuece en la cara.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Merece la pena

Mereció la pena hacer 300 kilómetros para darte la sorpresa; contener las ganas de ir corriendo a tu casa y abrazarte; aguardar en silencio la llegada de los demás, saludos por señas, risas contenidas y nervios en el estómago a las puertas de tu casa. Y allí estabas tú, en tu sillón de siempre, con tus ojillos de siempre, encajando besos y abrazos suaves que tu cuerpo frágil devuelve con ternura y dejando brotar las lágrimas de tus ojos, derramándose con ellas la alegría inconmensurable de tenernos allí a casi todos nosotros, los tuyos. Regalos materiales que alabas, aún sabiendo todos que el mejor regalo era nuestra presencia, nuestra unión, nuestras ganas de estar juntos y de que tú lo vivas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Sí y no.

A veces es necesario, trascendental, decir sí a pesar de desear la opción contraria. ¿Por qué? Por seguir convencionalismos unas veces, por no contrariar a nadie, otras; por quedar bien, por el “qué dirán”, por acortar distancias o, al menos, por no agrandarlas… Hay infinidad de razones.
El problema sigue siendo el mismo de siempre. Yo y el mundo. Me convenzo, cada vez más, de que soy rara, de que la gente con la que me codeo no es como yo. No sufren por las nimiedades que a mí me quitan el sueño y la risa; no luchan, segundo tras segundo, por lograr metas fijas, inamovibles; no se obsesionan por que las ilusiones y deseos o anhelos se materialicen, se hagan realidad; o, al menos, no de una forma tan continua como yo. ¿De qué me sirve? Aquí estoy, frente al papel virtual, volcando la tetera para que se derrame la última gota de este ahogo que nunca acaba de salir. Y mientras, otra gente con más problemas, con más obstáculos y que transita por caminos imposibles, sonríe, disfruta del tiempo y vive, aparentemente, feliz.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Acoplamientos.

Estás, y todo vuelve a estar en calma. El corazón recupera su ritmo, el temblor de las manos se ausenta y el sentimiento amontonado en la garganta se difumina. Tengo que enderezar este camino que se tuerce, tengo que segar la hierba seca que se me enreda en los pies, tengo que limpiar el cristal de la cúpula que cubre mi cielo y tengo que mirar hacia arriba, aferrarme a tu mano y dejar que el tiempo se vaya extinguiendo.
Me canso de despertarme de mis sueños a bofetadas, me canso de sentir que soy una pieza más del puzzle, insignificante. Tengo mis sentimientos, quizá sean excesivos, quizá demasiado a flor de piel, pero los tengo, me definen, y no puedo matarlos, no puedo ignorarlos, no puedo fingir que no me afectan ciertas cosas y no puedo cambiar... No puedo y ya no sé si quiero seguir intentando asumir que las cosas son así, que, sencillamente, hay que acoplarse. Y a mí, ¿quién se acopla?

Volar cometas

Yo podría ayudarte a volar cometas. Que el cielo se tintara con tules de color, de vaivenes azarosos, de ilusiones colgadas en la cola y encima, el corazón.
Quisiera ayudarte a segar tu tormento, echarlo al ire, igual que se echa la cometa. Y que volara, que volara muy alto, que un soplo de aire se lo llevara para siempre, lejos... Y que sólo quedara la cometa, ondeando en el cielo azul.

Me conformo

Tu cabeza en mi regazo.
Tus mejillas entre mis manos,
pausada respiración que te hincha el pecho,
presencia y ausencia y ojos cerrados.
Descifraría ahora el enigma de tu piel,
cada poro, a conciencia, iría despertando,
te amaría hasta donde no alcanza ya la plenitud,
pero me conformo siendo la cama de tu letargo.
Mi consuelo sólo necesita mirarte…
Y que puedan tocarte mis manos.

De viceversas

Nadie me contesta,
nadie me da su voz,
música sorda en una orquesta,
flor nacida mustia, sin color.
Yo y el mundo,
el mar, el cielo y yo.
Tú viviendo en el barullo,
en silencio absurdo muriendo yo.
Quiero sombra, pupilas,
Dedos en la espalda, corazón.
Tú buscas luz, palabras,
manos cruzadas, voz.
Se hunden mis pies inciertos
en el lodo que el huracán dejó,
mientras tú caminas certero,
tierra firme y, a lo lejos, yo.

Penitencia

Si tengo que mirar hacia adentro, miraré,
si sólo con respirar tu aire debo contentarme,
me tragaré los ojos y mis manos cortaré
si así contengo las ganas de amarte.

Si tengo que ignorar que me mata el frío,
si debo aparentar que mi alma está en calma,
acallaré las voces que brotan del vacío,
si así finjo que no me faltas.

Si tengo que ser feliz con este aliento intermitente,
con un aroma, un latido, una mirada fija,
aguardaré tu llegada, en silencio, paciente,
y el calor en mi cuello que tu respiración propicia.

Mientras tanto te abrigaré en mi recuerdo,
imaginaré amaneceres blancos,
arcoíris de ilusiones que no tengo,
lienzo virgen y cárcel de brazos.

Me haré pequeña y entraré
por rendijas por las que no cabe nadie,
si he de volar, sin alas podré,
y robaré las estrellas que tu reclames.

Sólo quiero tenerte, despacio,
respirar tu aire, sentir tu aliento,
el tambor de tu pecho marcando mi paso,
y la sangre viva quemando por dentro.

¿Enfermedad?

Qué difícil es nadar a contracorriente. Es combatir contra las olas imparables, eternas, que me tumban, me arrastran a su merced, y luego me dan una tregua para que yo, ingenua, me sienta poderosa y valiente, crea que podré arribar a tierra firme y vuelva nuevamente a iniciar el nado suicida.
Las ganas están dentro, la energía, que se renueva incesante e incomprensiblemente, también nace de dentro, las lágrimas que ahogo, los gritos que tapono, brotan desde dentro. ¿Por qué? ¿Qué parte de mí se quiere tan poco que me inyecta fuerza para que pueda seguir nadando?
Por fuera, imagen falsa de falsa serenidad y control, riendas firmes sobre el caballo desbocado que hipnotizo y que, sorprendentemente, me sigue el juego. “¿A dónde el camino irá?”. Si yo lo supiera…
La tarde va muriendo. He ido matando a conciencia cada segundo que me ha regalado este día, desde el despertar tranquilo y aparentemente acostumbrado ya a estas nuevas cuatro paredes que me aprisionan. He ido contando cada latido de este día para comprobar que no necesito más que aire para que el corazón, el órgano, siga desempeñando su cometido. La enfermedad viene de otro sitio, se cobija en otro sitio, aunque, confusos, la ubiquemos en algún lugar del pecho. Ahí no queda sitio, por dios, dejémonos ya de idioteces. Es un mal y viene de fuera.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Llueve

Cada cosa en su sitio. Ya he colocado cada una de mis cosas en el lugar en el que considero que es su nuevo sitio. De nuevo silencio, eco de soledades y ausencias. El alma... aún no he encontrado el cajón adecuado. Hoy llueve y empiezo a rememorar tardes del pasado invierno en las que el ánimo, el espíritu de plomo se me amontonaba en el pecho y me ahogaba. Todavía no, aún es pronto, demasiado pronto para sufrir este ahogo. Quizá porque soñé con estrellas que podría ver y coger desde la cama, únicamente, estirando la mano. Ilusa. Las estrellas no bajan para que tus sueños se cumplan, muy al contrario, con el cielo cubierto da la sensación de que ni siquiera existen. ¿Tendré que olvidarme de ellas, dejar de soñar con sentir su caricia en mis dedos?
Ojalá sea sólo una tormenta de verano.