domingo, 11 de septiembre de 2011
Merece la pena
Mereció la pena hacer 300 kilómetros para darte la sorpresa; contener las ganas de ir corriendo a tu casa y abrazarte; aguardar en silencio la llegada de los demás, saludos por señas, risas contenidas y nervios en el estómago a las puertas de tu casa. Y allí estabas tú, en tu sillón de siempre, con tus ojillos de siempre, encajando besos y abrazos suaves que tu cuerpo frágil devuelve con ternura y dejando brotar las lágrimas de tus ojos, derramándose con ellas la alegría inconmensurable de tenernos allí a casi todos nosotros, los tuyos. Regalos materiales que alabas, aún sabiendo todos que el mejor regalo era nuestra presencia, nuestra unión, nuestras ganas de estar juntos y de que tú lo vivas.
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