A veces es necesario, trascendental, decir sí a pesar de desear la opción contraria. ¿Por qué? Por seguir convencionalismos unas veces, por no contrariar a nadie, otras; por quedar bien, por el “qué dirán”, por acortar distancias o, al menos, por no agrandarlas… Hay infinidad de razones.
El problema sigue siendo el mismo de siempre. Yo y el mundo. Me convenzo, cada vez más, de que soy rara, de que la gente con la que me codeo no es como yo. No sufren por las nimiedades que a mí me quitan el sueño y la risa; no luchan, segundo tras segundo, por lograr metas fijas, inamovibles; no se obsesionan por que las ilusiones y deseos o anhelos se materialicen, se hagan realidad; o, al menos, no de una forma tan continua como yo. ¿De qué me sirve? Aquí estoy, frente al papel virtual, volcando la tetera para que se derrame la última gota de este ahogo que nunca acaba de salir. Y mientras, otra gente con más problemas, con más obstáculos y que transita por caminos imposibles, sonríe, disfruta del tiempo y vive, aparentemente, feliz.
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