¿Qué hago, dime, qué hago con estas ganas insultantes de tenerte? Si no puede ser, si es imposible, por dios, ¿cómo puedo reprimir la pena que me ahoga porque no puedo tenerte aquí y ahora?
El reloj se detiene en seco, mi vida frena en seco, de 2000 a 0, del cielo al infierno, de la absoluta dicha a la más decadente consternación y el más deprimente hastío. No pueden ser buenos estos altibajos, estos cambios bruscos de humor, de ánimo. Me está matando. Debo ocupar mi tiempo, quizá sea el hecho de estar ociosa, de ponerme a escribir, de contemplar cómo va muriendo la tarde y mi vida. De qué me han servido los momentos gratos si ahora sólo sé mirarlos con envidia, si sólo anhelo volver a protagonizarlos, si no me contento con guardarlos en mi recuerdo y rememorar la felicidad que brotaba incesante de mis ojos, de mi garganta y de mi piel. He de aprender tanto…, debo doblegar este absurdo carácter que no hace más que desear y anhelar imposibles, que no se contenta con lo que la vida, grata, me ofrece. Ya no puedo más. Así no. Yo no sirvo para esto, no sé amarte con cuentagotas, no me cabe en la cabeza el hecho de no saber de ti hora tras hora. Tú viviendo tu vida, yo gastando la mía, y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, tu vida se mete en mi vida y caminamos al unísono. Pero eso acontece tan de tarde en tarde…
Rompo, hago trizas, las nubes que cargaban mis sueños. Tú no conoces mi pena, tú hablas sin conocer mi pena, tú pensarás que soy feliz, tú ignoras que me refugio ante la pantalla, en mitad de la noche, que daría mis ojos a cambio de poder tenerte aquí, que me escucharas, que me entendieras (¿existirá utopía mayor?) y secaras la sal que me escuece en la cara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario