Qué difícil es nadar a contracorriente. Es combatir contra las olas imparables, eternas, que me tumban, me arrastran a su merced, y luego me dan una tregua para que yo, ingenua, me sienta poderosa y valiente, crea que podré arribar a tierra firme y vuelva nuevamente a iniciar el nado suicida.
Las ganas están dentro, la energía, que se renueva incesante e incomprensiblemente, también nace de dentro, las lágrimas que ahogo, los gritos que tapono, brotan desde dentro. ¿Por qué? ¿Qué parte de mí se quiere tan poco que me inyecta fuerza para que pueda seguir nadando?
Por fuera, imagen falsa de falsa serenidad y control, riendas firmes sobre el caballo desbocado que hipnotizo y que, sorprendentemente, me sigue el juego. “¿A dónde el camino irá?”. Si yo lo supiera…
La tarde va muriendo. He ido matando a conciencia cada segundo que me ha regalado este día, desde el despertar tranquilo y aparentemente acostumbrado ya a estas nuevas cuatro paredes que me aprisionan. He ido contando cada latido de este día para comprobar que no necesito más que aire para que el corazón, el órgano, siga desempeñando su cometido. La enfermedad viene de otro sitio, se cobija en otro sitio, aunque, confusos, la ubiquemos en algún lugar del pecho. Ahí no queda sitio, por dios, dejémonos ya de idioteces. Es un mal y viene de fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario