Quizá no buscaría la sombra durante el día, quizá no anhelaría momentos estivales vividos ( o ¿soñados?) cuando disfrutaba dejando que el calor que me unía al cielo fuera dorando mi piel. Quizá si el sol se ocultura no tendría la necesidad de bajar la persiana hasta el suelo, vigilando que queden cerradas hasta las últimas rendijas por las que se cuela la luz.
Ha llegado la primavera. Yo hago como que no me he enterado. Sigo con mis acciones habituales, mis pasatiempos y mis comecocos (mejor en singular). El tiempo se pasa, la vida se pasa, pero no las agonías que oprimen mis sueños y mi calma. No pasan, no. Y yo ruego que nadie sufra, que se mueran aquellos a los que la vida lleva meses dándoles la espalda, que se alejen los que sufren por estar, por quedarse. Nadie debería sufrir si no hay recompensas a cambio. Pero yo no puse las reglas, vinieron solas, y también a mí me arrastraron y me arrastran.
Si el sol se apagara, si la noche fuera eterna...
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