Un camino, unos kilómetros que acercan y que alejan, que me llevan y que me traen. Todo es relativo, dependiendo del punto que se tome como referencia.
Acciones que se han convertido ya en hábitos, todo aquello que se hace por inercia. Abrir cajas, esas cajas que duermen olvidadas durante un año, y sacar aquella figura, aquel candelabro, aquella guirnalda que guardé con resignación y pena porque habían vuelto a acabarse las Navidades. Todo un año que se ha deslizado por mi vida (o yo por él) sin ser muy consciente de ello. Ahora recuerdo largas tardes de verano, paseos buscando la sombra, helados compartidos en remansos de sosiego y calma... Recuerdo el mar inmenso, horas dentro del agua, nadando, bajando a sus entrañas para perderme en el silencio que reina bajo el agua. Contemplar la realidad a cámara lenta bajo el agua, es como si ahí abajo no hubiera prisa. Nadar, exhausta, hacia la orilla y tumbarme para que el sol lánguido secara el agua y dejara la sal y el color en mi piel. Cómo anhelo esos momentos. Pero se fueron y llega el frío, la sombra, el silencio obligado. Sólo momentos puntuales de compañía y luz. Vuelvo a buscar momentos que también en invierno me inyecten vida. Tú, tu voz, tus ojos profundos. Compartir el tiempo, quizá el frío que nos obligue a acercarnos y darnos calor.
Ya estamos en diciembre.
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