Los aromas están en el aire. También en la cabeza, pero es el aire el que hace que despierten y los rememoremos.
Hoy el aire ha despertado un aroma que iba encadenado a un recuerdo y, sin quererlo, me he trasladado unos instantes a aquella casa que cobijó los primeros destellos de mi vida. Aquella casa con su chimenea en torno a la que gastábamos el tiempo distraídamente, conversando sobre cosas triviales y sobre otras que no lo eran y que marcaban el constante devenir de nuestras vidas. Te recuerdo con tus mejillas coloreadas por el calor cercano del fuego donde cocinabas, por estas fechas, esos dulces cuyo olor tenía guardado y hoy ha vuelto a mi, despertando vivencias dormidas. Alguien, a tantos kilómetros de ti, hoy repite aquella escena y cocina junto al fuego. Quizá también tenga al lado a una personita que absorbe cada momento y que intenta aprehender cada uno de tus gestos y tus palabras. Ojalá así sea, porque cuando pasen los años, esos momentos serán los que darán sentido a su vida.
Acabo de llamarte para contártelo porque he querido que sepas, una vez más, lo importante que eres en mi vida, tanto, que cualquier cosa me recuerda a ti y con ello entiendo que todo lo que soy te lo debo. Lo único que me daña es que, por la lejanía, ya no podemos compartir momentos como aquellos. Me consuelo con recordar los que vivimos, los revivo constantemente, porque éso, los recuerdos, la distancia no puede arrebatármelos.
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