miércoles, 11 de mayo de 2011

Desapego

Otra palabra que aborrezco. Hay quien necesita el desapego, porque, al parecer, le da tranquilidad. Qué curioso. Una semana después de enterarme de que yo tenía un problema (esto es, que no sentía el desapego), me cuestiono qué es aquello que llena el interior de una persona que sí lo siente y que lo busca. Si cambiamos la categoría gramatical y buscamos el adjetivo que surge de dicho sustantivo, nos sale… ¿despegado?, porque “desapegado” es, a todas luces, un vulgarismo. Así pues, poniendo las cosas en claro, el que siente desapego (o lo promociona) es un “despegado”. El prefijo des- expresa la negación de una acción anterior: deshacer (acabar con lo hecho), desilusionar (acabar con la ilusión), despegar (acabar con lo que estaba pegado). Si hablamos de desapego, entendemos que es la situación a la que se llega cuando te alejas de algo, o de alguien, a lo que, en algún momento has estado unido (pegado, si nos ceñimos al étimo). En ese momento adquieres, sin comerlo ni beberlo, la condición de “despegado”. Si esa condición adquirida es deseada, no hay problema, muy al contrario, hay dicha, pues era la meta fijada desde el principio: conseguir el desapego con aquello a lo que me uno (qué absurdo, entonces, unirse). El problema surge cuando uno no es un “despegado” y lo obligan a serlo, esto es, a despegarse. Entonces aprendes, amigo mío, que es muy triste, primero, ir predispuesto, desde un principio, a que no haya apego, sino lo contrario; y, segundo, si no se ha conseguido lo primero, tener que despegarse a la fuerza.
El refranero rebosa de grandes enseñanzas. Puedo aplicar alguna a todo este trabalenguas. Por ejemplo: en el roce está el querer. Verdad absoluta. Si no hay roce no hay querer, con lo cual, en el momento en el que deja de haber roce, deja de haber querer, que en este contexto, se me antoja sinónimo de apego. Visto así, y concluyo, en el momento en el que cesara el roce, cesaría el temido apego, sin que hubiera necesidad de “desapegos” forzados.

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