Cuando releo las últimas entradas, me quedo con un sabor agridulce. Lo dulce surge del placer de leerme (modestia aparte, escribo bien). Lo agrio se desprende de la melancolía y el sentimentalismo con los que escribí cada una de las letras. Yo soy así. Puedo escribir el mensaje más triste, más sentido, más profundo y luego, salir al pasillo y reírme con los demás sobre cosas triviales. Es como si al escribir diera la medicina que mi alma necesita para estar en calma, es como si, al dar voz al sentimiento, se calmaran los bullicios interiores. Siempre he sido así, siempre he escrito y he de reconocer que las cosas realmente buenas que han salido de mi pluma, lo han hecho en momentos de melancolía y tormento. Cuando me arrasa la felicidad, se lleva consigo la inspiración y el arte de encontrar las palabras precisas.
La vida es lo mejor que tiene el que vive. Poder ver el momento último en el que se pone el sol, esos ocasos o esas alboradas que tiñen el cielo de tonos rojizos, por ejemplo, son momentos que me alegro de poder vivir. Reír, bromear, ironizar y que te entiendan, escuchar, desahogarte, correr, oler, paladear, acariciar, besar... Son placeres que inyectan vida a mi vida y, por suerte, puedo disfrutar de todos y cada uno de ellos. Por ese motivo soy feliz y me alegro de no necesitar nada más para serlo. Me enorgullezco de ser tan sencilla porque no me resulta arduo sentirme bien en el mundo.
Hoy, por fin, hace sol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario