jueves, 19 de mayo de 2011
Retornos
Vuelve el mal tiempo, mejor dicho, no acaba de irse. Nos regala un día de sol y nos castiga con diez de lluvia, de grises, de escalofríos que te hacen recordar la ropa que ya has guardado. Los pies fríos al pisar el suelo frío, el agua fría que me echo a la cara intentando acallar estos sentimientos que ya me embotan el juicio y lo que escapa a él. Leo a otros que también son dueños de almas (me niego a creer que no exista) que se atormentan, quizá por pensar demasiado, por sentir demasiado. Sin embargo, siento y sé, estoy convencida, que no es malo sentir en demasía. Para determinar la bondad o la maldad de situaciones, de comportamientos, de formas de ser, de vivir, hay que comparar, irremediablemente, unos con otros. Yo prefiero sentir, atormentarme cuando toca, reírme hasta que duela cuando toca, escuchar, a veces, las quejas del corazón, tranquilizarlo otras cuando estalla de dicha, de placer, de felicidad y sientes que te parte el esternón. Prefiero ser así porque todo ello me define, como persona, como ser. No voy pasando por la vida, la vivo, agarro cada mota de vida que se acerca y la aspiro, para bien y para mal, y me siento viva. Prefiero ser así porque lo contrario es no sentir, ni dolor ni dicha, ni miedos ni calma, ni rencores ni agradecimientos, ni frío ni calor. Eso es pasar por la vida o dejar que la vida te pase. Por eso, aunque mi alma anhela sentir calor y mis ojos sueñan con quedarse encandilados con el sol que pronto vendrá para quedarse, conservo la calma, no hay prisa, todo llega. Entre tanto, me llenan pequeñas cosas que van llegando y que, para mí, son suficientes para dejar de mirar al cielo.
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