Cuando te insisten para que asistas a un evento, cuando están dispuestos a amoldarse a tus horarios, a tus planes; cuando se enfadan si dejas caer que no irás o que les dedicarás poco tiempo, intuyes que es la manera que tienen de decirte que te echan de menos, que quieren tenerte cerca, disfrutar de tu presencia, tus palabras, tu tiempo. Debería sentirme halagada, pero no, ya no.
No recuerdo cuándo dejé de intentar sorprenderlos, agradarlos. Quizá cuando el constante esfuerzo nunca recibía recompensa, cuando en lugar de palabras de ánimo, de cariño, de reconocimiento hallaba ironías hirientes, reprobaciones, reproches, desdenes. Te acostumbras a que las cosas sólo tienen una forma de hacerse: bien. Si salen bien, no hay que perder tiempo ni saliva elogiando el que hayan salido así, porque es lo que se esperaba. Pero si salen mal... Ahí si hay conversación. Te acostumbras y luego te ruborizas cuando alguien se fija en tus virtudes, en lo que haces bien y que ya te sale por inercia. Y lo que es peor; también te acostumbras a que el resto haga las cosas bien, porque sabes que pueden hacerse así. No se te mete en la cabeza que no todo el mundo ha seguido el mismo camino para llegar aquí.
Sigue haciendo las cosas bien. Pero sé consciente de que no todo el mundo puede, quiere o sabe hacerlas así.
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