miércoles, 11 de mayo de 2011

Electricidad (o, más bien, falta de ello)

Cuando te falta, te das cuenta de lo necesaria que es. Al llegar a casa, giré la llave, pulsé el interruptor y no se hizo la luz. Tras verificar que era un problema del bloque, no sólo mío (mal de muchos, consuelo de tontos), decido encender una vela y esperar a que vuelva tan preciado bien. No echo de menos la televisión, de hecho, últimamente ha quedado relegada a la función de fuente de información, no de entretenimiento y como a lo primero le dedican tan poco tiempo (prima más el entretenimiento barriobajero, que desprecio), pues eso, que no la echo de menos. La luz, tampoco, si no voy a leer o escribir, no necesito más luz que la que me proporciona la nerviosa llama de la vela. El tiempo empieza a estirarse más de la cuenta. ¿Qué hago? Voy a llamar por teléfono. Error. Has agotado la batería del móvil. Vale, voy a ducharme mientras vuelve. Error. El calentador es eléctrico. Bueno… ¿un té? Nuevamente error. Electrodomésticos: microondas, placa, horno… Te das cuenta de que como no venga la luz pronto se te va a arruinar la vida: no puedes cenar, no puedes comunicarte, no puedes ducharte y, encima, llegarás tarde al trabajo mañana porque el móvil, que además de teléfono, es tu despertador, no tiene ni gota de batería. Por suerte, los apagones duran minutos.

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