Vuelve a llover. Hacía años, siglos, que no sentía este peso en el alma. No puedo explicarlo. Ese pellizco que se siente cuando alguien deja de contar contigo, cuando sabes que alguien deja de contar contigo, dejas de ocupar un trocito, aunque sea minúsculo, en su cabeza o, en casos muy hipotéticos, en su corazón. Pues bien, ese pellizco es el que no me deja paz alguna desde hace ya varias horas. Lo que empieza como un absurdo se va enredando y acaba por convertirse en un obstáculo insalvable que te separa inexorablemente de alguien a quien querías tener cerca. Sigue lloviendo y como siempre que llueve, algo me obliga a salir y mojarme. Es una manía convertida ya en necesidad. Cerrar los ojos, abrir los brazos y dejar que el agua me cale hasta los huesos. Vas notando el golpe de cada gota, el frío, la humedad, escuchas el sonido que producen las gotas al estrellarse contra ti. Son experiencias que hacen que te encuentres un poco contigo mismo. Encontrarse con uno mismo, con tu voz. Nunca tengo tiempo para estar conmigo, para oírme e intentar saber qué narices es lo que siento. Quizá evito momentos como este, en los que me escucho, me hablo e intento razonar, porque me doy cuenta de que la mayoría de las circunstancias y sentimientos no tienen razón alguna, son un sinsentido, y es algo que me enerva, me llena de impotencia. Quisiera sentir menos, o razonar menos, o querer menos, o ser más animal, más máquina, más autómata… Más, menos, pero no ser tan como soy.
El agua me resbala por el pelo, por el pecho, por la espalda, por las piernas. Noto los párpados mojados, los labios, los pies. La piel erizada, cada poro luchando por repeler cada gota, por impedir que el agua traspase la piel. Deberíamos tener un sistema de defensa parecido que alejara a todo aquel agente externo que se acerca para hacer daño. Ahí falló el Señor Dios, porque en lugar de notar algo que nos alertara de que hay peligro y nos llevara a huir, sentimos maripositas en el estómago, cosquilleos placenteros que nos acercan más y nos convierten en marionetas del puto destino, mariposas que queman sus alas por acercarse a la llama que tanto las atrae.
Llueve demasiado fuerte, casi me ahoga el agua, huele a mojado; soy yo, es mi piel, es mi pena, las incongruencias, los “autorreproches”, los absurdos… Se me amontona el sentimiento, me ahogo; es el agua, que cae fuerte, demasiado fuerte. Me hace daño al estrellarse contra mí. Quiero entrar, cobijarme, quitarme la ropa mojada que se adhiere a mí como una segunda piel. Pero aguanto un poco más. A ver si esta lluvia de mayo se lleva los recuerdos de abril y en junio, cuando luzca el sol, cuando me moje el mar y no la lluvia, sean otros los recuerdos que me llenen el alma y en lugar de llorar, sonría. Yo sólo quería tenerte cerca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario