Ahora no me apetece leer ese libro que tenía reservado para este momento. Cuántas veces lo cogí entre mis manos, acaricié la pasta, deslicé mis dedos por las primeras letras de las primeras páginas y lo cerré, con cariño, pensando en un momento mejor, ideal, para perderme dentro de esa historia que llevo soñando, día y noche, desde siempre.
Ahora ya no me apetece andar esos pasos, intentar pisar dentro de la huella que ya existe, aún sabiendo que, de no hacerlo, dicha huella acabará borrándose, difuminándose con las caricias del viento. Y ¿luego qué? Sin migas de pan, sin huellas que seguir, a la deriva nuevamente. Quizá resulte que no me aterroriza tanto como creía abrirme paso entre la maleza, por senderos que no existen y que yo misma decido construir, dejando mis propias huellas. Quizá lo que me asusta es verme obligada a deambular por ese camino recto, ancho y nivelado, que era la meta desde siempre. Ahora no.
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