Todos tenemos defectos. Los peores no son los físicos, sino los que tienen que ver con manías, con el carácter, con la personalidad. Yo tengo un defecto de esos pero me enorgullezco de tener también una virtud: ser consciente de dicho defecto, que no es otro que mi afán por planificar. Es una costumbre que me acompaña desde siempre y la achaco a una rara manera de darme ánimos, de soñar despierta. Siempre planifico eventos positivos, agradables, y de esa manera, vuelvo la espalda al momento puntual que vivo. Ahora bien, el problema radica en que algunas veces no sale lo planificado (por suerte, son muy pocas) y en ese momento siento una especie de tribulación, por haber perdido las miguitas de pan que me conducían hacia ese futuro hipotético.
Otro problema que tiene esta manía de querer planificar es que, normalmente, la gente no la entiende y si les comentas que has pensado hacer esto o aquello para un día para el que todavía faltan tres meses, te miran como a un bicho raro, te contestan "ya veremos" y se llevan, nuevamente, las miguitas de pan. Solución: puesto que es una costumbre grabada a fuego que no se puede desechar, la única opción posible es excluir de tus planes a quienes son alérgicos a planificar.
Muchísimas cosas buenas llegan sin ser planificadas, pero si las planificas, supongo que llegarán igualmente. En el primer caso, tienes la ilusión y en el segundo, la sorpresa. Ambos casos son buenos (yo tendría que aprender a planificar más).
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