viernes, 19 de agosto de 2011

Sosiego.

Una pared al norte, otra, la opuesta, lógicamente, al sur; y otras dos, para completar los cuatro puntos cardinales. Cuatro, en definitivia, y un techo y un suelo, que me produce una sensación agradabilísima cuando lo piso descalza y me llena su tacto frío y suave. Ese olor característico aunque artificial, que renuevo desde hace ya cinco años... Es este silencio, el de ahora, el que añoro cuando estoy varios días fuera, aunque me encuentre bien en el lugar en el que esté. Es esta paz, este frescor, esta tranquilidad y armonía que sólo me regala mi casa. ¿Quién me lo iba a decir? No tenía alma la primera vez que la vi. Desnuda, fría, sosa, callada, sola, esperando que alguien llegara y se fijara en su chimenea, el corazón, hoy rojo, que irradiaría sentido a aquella vida nueva que iba a construirse entre esas paredes. Ahora todo es diferente.
Hace unas horas, sólo unas pocas horas, mis ojos vacíos y llenos, a la vez, de tantas cosas, contemplaban el mar azul, las olas blancas. El sol algo oculto entre nubes que ya ocultaban la luna la noche anterior. Una ligera brisa que vitaminaba el alma y refrescaba mi piel. Instantes también aquellos de paz, armonía y serenidad. Es curioso que a pesar de sentarme cara a cara con el mar en diferentes lugares, siempre mantenemos la misma conversación y siempre, si es a esas horas tempranas de la mañana, me queda ese buen sabor de boca, esa sensación impagable que te lleva a decirte, en voz queda, "me alegro de haber venido".

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