Te abrazo fuerte porque me alegro de verte. Te aprieto contra mí porque quiero que tú sientas lo que sentía yo cuando me apretabas, de niña, contra tu pecho y me perdía en tu regazo. Dices que vas menguando y que yo cada vez estoy más alta. Si supieras que, muy lejos de menguar, creces cada día dentro de mi alma...
Me escuchas con atención, nadie me presta tanta atención cuando le cuento las trivialidades de mi vida. Te interesa mi vida, mis amaneceres tempranos, mis horas muertas en la penumbra de papel, mis planes, mi día a día. Tú cada vez tienes menos que hacer, cada vez tienes más tiempo para recordarnos y echar de menos tantos momentos que juntas hemos vivido. Yo también los recuerdo, pero desde otra perspectiva, desde abajo, siempre, plano obligado por mi corta estatura de entonces... Has cambiado, sí, y yo también, pero sigues teniendo la misma paz, profunda y sabia, en tus ojillos negros y tu voz sigue llegando a la cúpula y el subsuelo de mi alma, llenándola y otorgándole luz y sentido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario