Unos acordes de guitarra flamenca a lo lejos, calles empedradas, flanqueadas por cuevas encaladas. Gitanos en sillas de anea, con la piel tostada y arrugada, los ojos entornados por el sol, te miran con cierto recelo y curiosidad. Contestan a tu saludo con rotundidad, elegancia y altivo tono de voz. Ellos son un clan, dueños y señores de aquel patrimonio, que los turistas se empeñan en convertir en un escenario público y pintoresco.
Un quejío flamenco, un taconeo y una voz quebrada que habla de amores no correspondidos, de celos y muerte. Un niño pide limosna lastimosamente. La cara sucia, la ropa sucia, las rodillas huesudas, los dientes grandes... Otras gitanas se empeñan en leerte la mano, lo que llaman "la buenaventura". Si es buena (la ventura, el destino), estoy por extender la mano y que me digan que todo va a irme bien. Pero... ¿no me va bien ya? No necesito que una gitana sabionda quiera interpretar, siguiendo con sus dedos negruzcos las líneas desdibujadas de mi mano izquierda (tiene que ser la izquierda, que es la más cercana al corazón).
Gitanillas jóvenes portando en su vientre lo que serán gitanos que volverán a deambular por las mismas calles, perpetuando su raza y su extraña forma de vivir.
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