Contemplo el mar, inabarcable, infinito, misterioso. He pasado el día esperando este momento en el que los padres se han llevado a sus hijos, los adolescentes han recogido sus bártulos y han dado paz a mis oidos llevándose su música a otra parte.
Al fin consigo escuchar la voz susurrante del agua mientras danza, en su vaivén, con las piedras y la espuma.
Ya han salido las primeras estrellas y el cielo se va tiñendo de un azul oscuro que acapara toda mi atención. Pasa caminando un anciano, hundiendo sus experimentados pies en la arena mojada. Deja huellas que el agua engulle inmediatamente. Camina despacio, absorto en sus más íntimos pensamientos.
Hago una foto. La luna parece estar metiendo sus pies en el profundo mar, coqueteando. En la más absoluta inmensidad que crece irremediablemente conforme el cielo se oscurece, me siento perdida y derramo una lágrima incomprensible. Nadie me acompaña. Todos pensarán que estoy en casa, cenando o matando el tiempo frente a la televisión. Pero no, mi alma me obliga a hacer estas cosas, a escapar de la rutina y la compañía y buscar la soledad infinita.
Me siento bien. Las olas me acarician los pies y me inyectan razones para respirar hondo y volver a coger el camino de vuelta.
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