viernes, 29 de abril de 2011

Desvelos

Se despertó en mitad de la noche. Llovía. Quizá la había despertado un sueño ingrato, tal vez la ligereza habitual de su sueño. La cama volvía a ser grande, tanto, que los dos cuerpos no se rozaban pero ella notaba la presencia del otro, percibía su calor y, desde luego, recibía el sonido acompasado de la respiración de su acompañante. Se dio cuenta de que odia dormir sola a pesar de que cuando duerme sola lo hace mejor, no hay ningún ruido, ningún movimiento, ningún recelo a la hora de moverse por miedo a despertar al otro… Sin embargo, la reconfortaba aquella presencia. Se convence, en momentos así, de que la vida no es justa con ella y la obliga a perderse momentos como el de esta noche. Cuatro días a la semana obligada al destierro, a la lejanía, a la soledad, a buscar distracciones, entretenimientos, pasatiempos, muchas veces, absurdos.
Se giró sobre su lado derecho. Ya sí podía rozar a su acompañante, ya sí podía rodearlo con su brazo izquierdo, adoptando la posición fetal, encajando sus rodillas flexionadas tras las rodillas flexionadas de él, juntando pecho y espalda. Él se giró, la abrazó con su brazo derecho, pechos juntos, piernas entrelazadas, labios a escasos milímetros. “¿Estás bien?” Preguntó él. “Ahora sí”, contestó ella. En la calle seguía lloviendo.

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