No puedo evitar emocionarme cuando contemplo las imágenes de los treinta y tres mineros que vuelven a la vida después de sesenta y nueve días sepultados bajo tierra. Esperaba ver desconcierto, ansiedades, desvanecimientos… pero no. Todos y cada uno de ellos salían de la deseada jaula que los sacaba de las entrañas de la tierra sonriendo y con calma. ¿Cómo se puede mantener la calma? Saber que por encima de ti sólo hay piedra, y frío y más piedra, y oscuridad… Y, para colmo, tendrán que solicitar al Estado que les reconozca su condición de “vivos”, porque se les dio por muertos. Qué frágil es la línea que separa la vida de la muerte. Puede uno estar vivo y haber muerto para el mundo, o puedes estar muerto en el mundo y seguir vivo en la memoria de los que te quisieron. Abrumador.
17/10/2010
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