Mi coche ya se sabe el camino de vuelta. Cada vez llega antes a casa. Qué bonita se ve al llegar. Mis macetas llenando de color el porche de la entrada. Han salido flores nuevas desde la semana pasada, qué bien les sienta cuando las saco del patio interior, cubierto, y vuelven a llenarse con la fuerza del sol, después de todo un invierno sin recibirla de forma directa.
Recuerdo cuando sembré cada una de ellas. La mayoría vinieron del pueblo. Mi abuela me dio tallos de geranio, de helecho, echeverías, cintas, sombrillitas, aloes… El último ha sido el jazmín. Lo compré en un puesto callejero cerca del mirador de San Nicolás. Deseaba tener uno porque su olor es único. Es cierto que hay que dedicarles su tiempo pero a mi es algo que me encanta. Se me puede ir la mañana entera trasplantando, entresacando tallos, sembrando… Cuando les pasan unos días después de haberles hecho cambios, notas que se han renovado, que tienen otra tonalidad, otra textura, y si son plantas olorosas, huelen más. Es su forma de darte las gracias por tus cuidados.
Al girar la llave, respiro de nuevo. No podré nunca explicar las sensaciones que me embargan cuando vuelvo a mi casa. Primero me llena el olor, luego los colores del pasillo que yo misma pinté. Voy encontrándome con cada cuadro, fotos y otros adornos que he ido adquiriendo. Todo está en su sitio, como si aguardara mi regreso. Mi salón, con sus tonos de rojo y ocre, mi chimenea, ahora apagada, claro, pero aún así, dando ese toque de calidez a la estancia. Supongo que es por la lejanía y por vivir en un piso con tan poca y tan mala decoración que cuando vuelvo a casa me parece perfecta.
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